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Cuando hace miles de años el Rey del Cosmos terminó de crear todas las maravillas del planeta Tierra su mente aún no era tan perfecta como para imaginar y diseñar la concepción de las patatas fritas de bolsa. No fue hasta el año 1853 de nuestra era cuando su mente se halló en un estado suficientemente desarrollado para poder ocurrírsele tal colosal idea.

Faltan las patatas fritas para que mi creación sea perfecta —se dolía el Rey del Cosmos, eterno perfeccionista—. Y en la Tierra no hay ni un humano de mente brillante al que se le puedan ocurrir por sí solo.

¿A qué humano podía transmitir, en sueños, su idea? ¿Qué genios habían vivos en 1853? Pensó en Albert Einstein. No: el Rey del Cosmos sintió celos: si además de haber descubierto la teoría de la relatividad general se le atribuía también a Einstein la invención de la patatas fritas de bolsa quizá los humanos le desplazarían a él de los templos religiosos para rendir culto a Einstein. ¿Louis Pasteur? Tampoco era conveniente. Louis andaba obsesionado, en esos días, con la teoría microbiana. ¿Microbios y patatas fritas? Mala combinación, mala publicidad. Nadie querría comer esas patatas.

Entonces el Rey del Cosmos se fijó en George Crum. Un cocinero amerindio de segunda división que trabajaba en un restaurante del centro turístico de Saratoga Springs, en Nueva York.

George Crum, antes de irse a dormir cada noche, rezaba de rodillas al Rey del Cosmos por un golpe de suerte. Uno que le permitiera progresar en la vida y tener dinero para declararse a su amor: la camarera del restaurante en el que trabajaba y formar una familia con ella: una familia a la que nunca ver pasar necesidad. El Rey del Cosmos tenía buena opinión de George Crum: era mediocre en su campo profesional: la cocina pero lo consideraba un buen tipo. Además, George Crum le rezaba cada noche. Él no era como los ateos: que iban de racionales e inteligentes por la vida. Los odiaba. El Rey del Cosmos despreciaba profundamente a los ateos, a los nazis por malvados y a los veganos por desagradecidos.

Pero… ¿cómo meter la inaudita visión de las patatas fritas dentro de la atolondrada cabeza de un cocinero de segunda división?

2

A la mañana siguiente Cornelius Vanderbilt despertó asustado: con la frente inundada de sudor. Su corazón bombeaba adrenalina: era una bomba a punto de explotar. No era a causa de su enfermedad: tuberculosis: según los doctores que le trataban le quedaban pocos meses de vida. No: la culpa de su estado la tenía la visión de la obra maestra que había visto en sueños: unas patatas finísimas, fritas en aceite, que pudieran transportarse dentro de una bolsa y comerse en cualquier momento y lugar. Esas patatas convertirían al mundo en un lugar mucho mejor en el que vivir. Y…

Esta idea haría rico a cualquiera —pensó—. Pero ¿para qué quiero yo dinero? ¡Lo que quiero es ganarme el Cielo antes de la próxima hora de mi muerte!

Cornelius Vanderbilt miró el reloj. Eran las 14:00. Su restaurante habitual, el restaurante Moon Lake Lodge’s, estaría abierto. Se vistió apresuradamente y caminó con paso presuroso hasta sus puertas. Todas las mesas del local estaban ocupadas por clientes, que comían y bebían animadamente.

Buenos días —saludó a la camarera, a la vez que se sentaba en la barra— quiero patatas fritas.

¿Patatas fritas con qué? Las servimos con bistec o pescado…

No. Sólo una fuente inmensa de patatas fritas, por favor. Cortadas muy finamente.

La camarera miró a Cornelius Vanderbilt como quien mira a un excéntrico, pero como Cornelius era un buen cliente habitual tomó nota y se la pasó al cocinero: de quien estaba secretamente enamorada. El cocinero, George Crum, leyó la nota, y se puso manos a las obra. Cortó abundantes patatas al estilo francés, las pasó por la sartén y las sirvió en un plato. Cuando la camarera llevó el plato, Cornelius Vanderbilt arrugó el ceño y, con mal humor y gesto de asco, gritó a la camarera delante de todos los clientes del local:

¡No me gustan! ¡Demasiado gruesas! ¡Dije que las quiero más finas! ¡Muy finas! ¡Y las quiero pasadas por aceite hirviendo!

La camarera se llevó el plato asustada y fue entonces cuando Cornelius Vanderbilt se permitió sentirse mal por haberla gritado: pero su plan, para ganarse el cielo, no iba solo regalar su ideas al cocinero. Sería también plantar esa idea dentro de la cabeza del cocinero. Hacerle creer que la invención de las patatas fritas de bolsa había sido cosa suya. Hacerle sentir un genio.

Cuando el cocinero vio la fuente de patatas fritas devuelta y se enteró de los gritos que el cliente había dedicado a su amada, se enfadó: dejó la cocina y se asomó al salón para ver quien era el exigente cliente. Reconoció a Cornelius Vanderbilt de otras veces que había venido al local. No sólo era un cliente habitual. También era un cliente que dejaba siempre muy buenas propinas.

Supongo que tiene un mal día —pensó el camarero—. Está bien: le prepararé las patatas fritas más finas que se hayan preparado jamás. Se va a enterar: freiré unas tan finas y crujientes que ni siquiera podrá pincharlas con el tenedor ¡A ver qué dice entonces cuando tenga que pagar por un plato incomible!

El cocinero eligió de la cocina el cuchillo que cortaba más fino, casi como un bisturí, y cortó las patatas fritas en láminas.

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Las pasó rápidamente por aceite…

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y las sirvió en un plato con un poco de sal.

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Mientras las preparaba reía, imaginando la cara, inundada en vergüenza, del cliente  cuando le sirviera las incomibles patatas que le había obligado a preparar. Cornelius se convertiría en el hazmerreir del local.

Se lo tendrá bien merecido — se dijo Crum.

Cuando las patatas estuvieron preparadas la camarera, temerosa por cómo sería recibida, sirvió el plato a Cornelius Vanderbilt. Éste, al verlo, sonrió: lo que ahora tenía delante era la visión hecha materia de la maravilla que había visto en sueños pocas horas antes. Utilizando un par de dedos introdujo una patata frita dentro de su boca. Una lágrima de emoción cayó por su mejilla al poder escuchar el crujido y saborearla.

Es un sueño hecho realidad —se dijo Cornelius.

Cornelius Vanderbilt fue la primera persona de la Tierra en saborear una patata frita.

Son maravillosas, un manjar —dijo Cornelius en voz muy alta, a la camarera—. Felicite al cocinero de mi parte, por favor.

Los clientes cercanos a la barra sintieron curiosidad al ver caer la lágrima de placer de Cornelius. Con timidez preguntaron a la camarera si era posible que el cocinero preparará una ración de aquellas extrañísimas patatas también para ellos. George Crum, atónito, no pudo decir que no: lo contrarió habría sido interpretado como favoritismo que posiblemente le haría perder clientes. Cocinó una nueva ración de esas humorísticas patatas. Cuando la camarera las sirvió, los clientes también las celebraron:

¡Qué maravilla! —exclamaron— ¡Es la obra de un genio! ¡Estamos presenciando uno de los más grandes momentos de la historia de la humanidad!

Los clientes de las mesas vecinas también quisieron probarlas. El éxito de las patatas fritas corrió como la pólvora por el local. Cornelius Vanderbilt pagó por su ración de patatas fritas y se marchó del local satisfecho. Tanto trabajo tuvo George Crum de pronto que no pudo despedirse de Cornelius Vanderbilt, agradecerle su insolencia. El Rey del Cosmos también sonrió satisfecho: supo entonces que su tarea en la Tierra había concluido: era hora de abandonar a los humanos y crear nuevos mundos y leyes físicas en el Cosmos en las que entretenerse y ahondar, aún más, en el conocimiento de la sabiduría suprema. Tras la creación de las patatas fritas de bolsa… ¿Qué otras maravillas esperaban a ser descubiertas y creadas por su tamaña sabiduría?

3

Cornelius Vanderbilt murió de tuberculosis a la semana. Por los servicios prestados al Rey del Cosmos su alma fue recibida en El Cielo; se le preparó una habitación VIP para la eternidad. En el Cielo no hacía falta comer, jamás había hambre. Sin embargo a Cornelius Vanderbilt se le permitió que, una vez cada año, pudiera volver a ser humano para poder bajar a la Tierra a comerse un paquete de patatas fritas de bolsa. Un honor que el Rey del Cosmos sólo había otorgado a dos humanos más: al creador de las pizzas y al de los perritos calientes.

Poco tiempo después, George Crum se casó con la camarera e inauguró su propio restaurante que, por supuesto, tuvo como especialidad las patatas fritas. Tanto éxito cosecharon en la ciudad que un judío se le acercó al local ofreciéndole un gran negocio: empaquetar en bolsas sus patatas fritas y exportarlas por todo el mundo. Crum accedió al negocio. Fue un éxito apoteósico que lo convirtió en multimillonario. El boom final de las patatas fritas sucedió cuando alguien las utilizó como acompañante de la cerveza. Aquello se convirtió en la mejor combinación del mundo y en un desastre para la economía alemana que recién comenzaba a ver algunos brotes verdes en su economía gracias a la exportación masiva de salchichas de Frankfurt. Hasta entonces el mejor acompañante que existía para la cerveza eran las salchichas de Frankfurt. Pero es que las patatas fritas de bolsa eran más baratas e iban mejor con el sabor y la filosofía de la cerveza. La economía alemana volvió a irse a pique.

Así fue como el Rey del Cosmos y los judíos terminaron de vengarse, sin que nadie recayera en ello, de lo que les había hecho Hitler pocos años atrás: durante la Segunda Guerra Mundial utilizando, tan solo, el poder de las patatas fritas.

Nota.- Un relato, en exclusiva, para Esbieta.com de Rafael Fernández a partir de la historia real de la invención de las patatas fritas de bolsa.

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